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viernes, 18 de julio de 2014

Como leon enjaulado

Llevaba diez minutos caminando, cinco calles y dos cigarros. Y aunque llovía encontraba la manera de que no se mojara el tabaco para seguir fumando. Llegó a la esquina, esperó el alto y suspiró al primer paso que dio para cruzar la avenida. El suspiro no solo tenía aire sino que arrastraba miles de pensamientos con él. Algunos tortuosos, otros incómodos y otros perdidos, de esos que pasan desapercibidos al consciente pero bien que ocupan el inconsciente. Todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar.

Dicen que la verdad es para los valientes y este hombre no es uno de ellos. No le gustan las sorpresas y menos cuando se ve reflejado en ellas. A nadie le gusta que le saquen a pasear sus propios demonios. Los fantasmas deberían de asustar en la casa propia y no en la ajena. Sin embargo, hay miedos a los que bien vale la pena plantarles cara. La verdad os hara libres. Ajá. Seguro. Libres para rumiar y rumiar, sin cansancio, rumiar hasta que al final se olvida porque se empezó el asunto y solo queda el sinsabor del dolor clavado, firme y suavemente, por la propia mano. 

Dejemos a este hombre "libre", absorto en sus pensamientos y sumido en miles de realidades que no existen ni existiran pero realidades al fin, al menos en su cabeza. Dejémoslo divagando la pregunta eterna que no tendrá respuesta: ¿por qué?

domingo, 20 de octubre de 2013

El beisbol y sus señales


Séptimo juego. Novena baja. Una carrera abajo y hombre en la antesala. Un out.

Él es un veterano debutando en el clásico de otoño. Después de una temporada espectacular se ha ganado un lugar en el roster inicial de este equipo por el que nadie apostaba a inicio de año y que hoy está buscando la remontada más importante de su historia.

La presión. Los nervios. Las horas de entrenamiento. Todo en conjunto para llegar a este punto. Ve al coach de primera e interpreta la señal. Esta es clara: toque de bola. Un sacrificio para algo mejor. 

Para todos es claro lo que tiene que hacer menos para él. ¿Por qué? Bueno, tiene una historia, un pasado, recuerdos que pesan en el consciente y en el inconsciente. Recuerdos de esos a los que les gusta salir a pasear en los momentos importantes. Recuerdos de esos que pesan para toda la vida y marcan al hombre.

Pide tiempo y vuelve a ver al coach. Lee la señal. Es la misma. La entiende pero no la acepta. Se tiene fe y al mismo tiempo no. Pasan por su cabeza las veces que desobedeció y todo se fue al traste. Esa serie divisional de liga menor, la de campeonato en la AAA, la del juego en la que por poco no entran a postemporada de no haber sido por ese error en las paradas cortas.

Tiene hambre de triunfo. Tiene hambre de ganar. Tiene necesidad de ser feliz y lograr su meta. Y sin embargo, la señal es de sacrificio. Ese mismo día por la mañana habló con el manager y le contó de su vida. De esos momentos que lo han traído hasta aquí. ¿Por qué le manda esa señal cuando sabe que su deseo es todo lo contrario? ¿Por qué le manda esa señal cuando ha trabajado tan duro, se ha comprometido tanto y ha dado un plus para que confíe en él?

Deja pasar una bola. Es strike. Por su cabeza siguen pasando mil cosas. Cavilaciones que lo distraen de lo realmente importante. Pierde la concentración y llega otro strike. Vuelve a ver la señal pidiendo que vaya por la del librito. Que haga lo más sabio e inteligente que puede hacer. Que entienda lo que amerita la situación. Y sin embargo ...

Viene la bola. Toma el bat con fuerza. Parece que ya ha tomado su decisión.

domingo, 23 de junio de 2013

Melómano III

III

Solía leer en el metro. A veces Asimov, a veces Faulkner, a veces al Gabo,a veces Twitter. Ese día Sabines estaba en sus manos y justo leía una de sus partes favoritas: "Recuerdo que besas como si mordieras uvas. Ninguna paloma como tú se había vuelto mujer hasta ahora". La leía y la releía. Era la parte favorita de su poema favorito de su poeta favorito.

Hubo alguien, hacía mucho, a quien solía leerle poemas después de hacer el amor. Desnudos, abrazados el uno al otro, tomaba su libro y leía a Neruda, a Benedetti o al mismo Sabines. Sin embargo, aunque la amó con inmensa fuerza, jamás sintió que fuera la indicada para decirle su frase favorita. La tenía reservada para alguien más. La tenía reservada para el destino.

Era inicio del mes y había que hacer el cierre del mes anterior. Bajar la balanza y determinar las cifras fiscales era toda una pesadilla, sobre todo porque el equipo de Contabilidad asignaba montos correctos a cuentas incorrectas. Conciliar lo aprovisionado contra lo efectivamente pagado era misión imposible. Para todo problema, una solución. Llevaba mes y medio trabajando en un proyecto de mejora entre el programa de presupuestos y el ERP que usaba Finanzas. Faltaba un mes más para terminar el análisis y cerrar el requerimiento pero le emocionaba el hecho de poder cambiar las cosas, de hacer girar el mundo. 

Ese día tendría la primera junta con el equipo que haría el desarrollo dentro del ERP. Como le molestaba en demasía llegar tarde a sus citas, fue al piso de la sala de juntas con cinco minutos de anticipación. Por lo regular, todos llegaban diez minutos tarde así que tendría tiempo suficiente para preparar su presentación. Sin embargo, pocos pasos antes de entrar a la sala escuchó la vez de Karen O saliendo de la sala de juntas. "Turn into" sonaba en la laptop de una muchacha con el pelo desaliñado y una diadema color azul rey. Ella no lo escuchó entrar gracias al mecanismo de supresión de sonido de sus audífonos y sólo cuando sintió su presencia en su espalda, brincó del susto.

Se presentaron escuetamente. Él como jefe de impuestos y ella como becaria de procesos de negocio. Él intentó hacerle la plática pero no tardaron en llegar los demás asistentes a la junta. Este despacho sí era puntual. Comenzaron la presentación. Tuvieron convergencias y bastantes divergencias acerca de lo que realmente era el problema y cuál era la mejor solución. Durante dos horas se enfrascaron en análisis y propuestas de mejora. Y también durante dos horas el no pudo evitar otearla y descubrir  los lunares que tenía en la parte derecha del cuello, sus ojos cafés, la raya mal hecha de su peinado, lo bien que le sentaba ese vestido a rayas, las ligeras pecas en las mejillas y el sutil aroma de su perfume.

Terminaron la junta y acordaron la fecha de la siguiente reunión para dos semanas después. Se despidió impersonalmente puesto que le entró una llamada de su gerente. Cuando al fin llegó a su lugar y colgó el teléfono, escogió una canción y le puso play. Una guitarra acústica sonó y tras ella, una voz femenina: "I hear it in my head real low ...Well I know that girl you found. Keep that kind of window closed. She'll turn into the only thing that ever..."

La sabiduría china tiene un par de maldiciones muy particulares: "que tengas tiempos interesantes" y "que consigas todo lo que estás buscando". La primera está basada en la creencia de que todo tiempo interesante es directamente proporcional a los problemas que se suscitan; la segunda, en que a veces no se tiene plena conciencia de lo que se quiere y el deseo hecho realidad, puede convertirse en pesadilla.

Para él, se venían tiempos interesantes y quién sabe, tal vez una  que otra pesadilla.





sábado, 25 de mayo de 2013

Melómano - II

II

No había momento más feliz del día que el de la salida del trabajo. No es que este le disgustara. Ser analista fiscal de una empresa que para deducir impuestos tenía diecisiete subempresas tenía sus retos. Debía lograr que las subempresas de nómina reportaran correctamente sus impuestos a la oficina gubernamental para poder solicitar devolución. También estaba el asunto de las proyecciones. Tres veces al año tenían que presentar proyecciones a la oficina general y aquellas eran jornadas maratónicas. Con todo y eso le gustaba su trabajo. Desde muy niño le gustaron los números y la verdad es que se le daban bien. Uno más uno siempre daban dos. Ni más ni menos.

Desde que le habían entregado su consola Telefunken, hacía ya tres semanas, esperaba con ansia el momento de salir de la oficina para llegar a su casa y poner algún disco. Durante el horario de comida visitaba las tiendas de segunda mano y compraba cualquier disco que se le antojara. Su salario no era como para volverse loco pero sí le era suficiente para cubrir sus necesidades, y para él, la música era una necesidad. En cinco visitas a dichas tiendas ya se había hecho de unos 20 discos. Stones de Neil Diamond y Before the Rain de Lee Oskar habían sido las adquisiciones de ese día. 

Pasó al supermercado que estaba cerca de su casa y compró lo  indispensable para la cena y la comida del siguiente día: una bolsa de fussili, salsa de tomate "a los tres quesos" y un poco de pollo. Finalmente pasó a las cajas y cogió tres botellas de vino tinto que estaban en promoción: un Shiraz, un Merlot y un Malbec. No le importaban ni la marca ni la cosecha. Sólo pensaba que había cierta música que valía la pena escucharse con una copa de vino y qué mejor si este estaba en oferta. Siendo apenas un precario diletante de la enología lo único que sabía es que el Cabernet Sauvignon le disgustaba, así que muy rara vez lo compraba aunque prácticamente se lo regalaran.

Cuando por fin llegó a su departamento tomó el "Wild is the Wind" de Nina Simone y fue directo a la canción que había tarareado todo el camino.  

You touch me. I hear the sound the mandolines. You kiss me. With your kiss my life begins. 

Abrió el vino. Se sirvió una copa y dio un sorbo para impregnar sus papilas. Fue hacia la consola y con los ojos cerrados aspiro y volvió a tomar un poco de vino. Lo disfrutó lentamente. Regresó el disco a la canción inicial del lado A y se sentó en el sofá. 

Él creía firmemente que había algo de especial y nostálgico en eso de poner discos y cassetes antiguos. Los CD's y los MP3's habían hecho un gran trabajo al permitir la movilidad y la facilidad de copiado pero al mismo tiempo rompieron esa relación estrecha entre música y oyente. Hay una conexión mística en el hecho de tomarse la molestia de ir a una consola y voltear un disco. Tú me das música mientras yo te doy atención. Un intercambio justo. Mientras lo digital puede sonar por horas sin que nadie le ponga atención, lo análogo requiere de saber el momento justo en que requiere la intervención humana.

Una a una fueron pasando las canciones. Él y Nina. Nina y él. Solos. Envueltos en el sonido estéreo. Separados por la distancia del tiempo y al mismo tiempo unidos por esa mágica sensación que eriza la piel al llegar al clímax de una canción.

Listen to me. I cannot see clearly.
Isn't that he coming to me nearly here?

Abrió los ojos cuando If I should lose you terminó. Apagó la consola. Lavó su copa y tiró la botella de vino vacía. Se dirigió a su cuarto y después de quitarse la ropa, se cobijó mientras pensaba cuan feliz era su vida. Daba gracias por que nada la faltaba.

Es difícil explicar la forma en que un evento por pequeño que parezca puede desencadenar una serie de acontecimientos de proporciones bíblicas. Una palabra, un encuentro casual, una mirada, una sonrisa, una canción, un ligero copo de nieve puede ir rodando y arrastrando vivencias hasta convertirse, poco a poco, casi sin darnos cuenta, en una gran bola capaz de arrasar con lo que encuentre a su paso. La vida es tan bella como impredecible. Él esa noche se durmió sin saber que faltaban horas para su concepción tan perfecta del mundo se viniera abajo. Faltaban horas para que uno a uno los ligeros copos de nieve empezaran a rodar.

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Capítulo III
http://desdequepienso.blogspot.mx/2013/06/melomano-iii.html

sábado, 11 de mayo de 2013

Melómano - I

I

La luz entraba por la ventana. La luz no producía aún su calor peculiar pero sí era lo bastante intensa como para traspasar la cortina de algodón azul. Azul porque era un buen color, no era triste como el gris, tampoco tétrico como el negro y mucho menos inútil como el blanco, cuando de cortinas se trata. Al menos eso pensaba él. Detestaba sentir la luz sobre sus ojos ya que arruinaba sus clásicos "cinco minutos más", cinco minutos que terminaban siendo treinta. Sin más opción abrió sus ojos y empezó a recorrer su habitación con la mirada. La luz permitía ver lo exageradamente ordenada que estaba. No había una sola prenda fuera de lugar. Ni un sólo utensilio de aseo que no estuviera en la posición que le correspondía.  Todo era como un rompecabezas perfectamente ensamblado. Sonrió al ver que todo estaba en orden.

Estiró los brazos y, con sumo cuidado, hizo a un lado las cobijas. Le molestaba verlas tiradas en el piso. Tenía la impresión de que era una pésima costumbre aquella de levantarse y aventar al piso lo que estuviera arriba de la cama. Tirar las cobijas para después levantarlas y después taparse con ellas, qué disparate. Salió del cuarto mientras se rascaba el cuello sólo para caer en cuenta que la barba había crecido de nueva cuenta. No es que le molestara tener barba sino que ésta no era la suficiente como para lucirla en público y tampoco tenía la fortuna de ser lampiño como para nunca tener que hacer uso de la navaja y el jabón.

Sonrió al verla. Para una persona normal parecería una mesa enorme, anticuada y de mal gusto. Para él era una reliquia, un orgullo que había tardado cinco años en reparar. Largo tiempo no porque  la hubiera reparado con sus propias manos, ya que no era diestro con las herramientas, sino porque fue el tiempo que tardó en conseguir las piezas necesarias. Con tantas cosas modernas a la mano esto es una tontería pero si quiere regalar su dinero con gusto le ayudo, dijo el anciano que le ayudó a reconstruirla. No le importó lo que pensaran de él y su dinero, sólo la quería funcionando. 

Alzó la parte superior de la mesa y dejó al descubierto un circulo negro con un estampado naranja. Vio el logo del lado derecho del estampado y sonrió al contemplar el curioso can que estaba dibujado. Le era imposible no pensar en su abuelo al verlo. Oprimió un botón y el circulo comenzó a girar. Tomó con su mano derecha la varilla que reposaba junto al objeto giratorio y la colocó en la parte exterior de éste. De repente el sonido inundó todo espacio posible. Una escala pentatónica se escuchaba mientras un sonido parecido a una interferencia sonaba por debajo de la música.

Cerró los ojos y sonrió de nueva cuenta pero ahora con una sensación que le hacía vibrar cada poro de su piel. No sabía si era provocado por las notas interpretadas magistralmente en las manos de Ray Charles Robinson o por la sensación de saberla suya. Por fin suya. Su consola.

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Capítulo II
http://desdequepienso.blogspot.mx/2013/05/melomano-ii.html



miércoles, 23 de enero de 2013

Recuerdos


Antes que oír los tacones, antes de sentir su presencia en la espalda, incluso antes de verla en el reflejo del vidrio, reconoció su aroma. Impregnaba de su esencia toda la sala y de recuerdos la mente de él. Nunca había encontrado como definir su aroma pero cada vez era más único. Por su mente pasaban dos cosas: la voz de Dylan en la misma canción que había escuchado por dos semanas y la urgente necesidad de acercarse a su cuello para besarlo y llenarse de su olor. Le encantaba, le adoraba y ahora, cada vez más, lo odiaba.

Sintió como el piso resentía los pasos al compás de los tacones y recordó lo feliz que se sentía al verla venir hacia él en la oscuridad, la sensación de su cuerpo entre sus brazos, el corazón inflamado de tanto amor. Volvió a vivir su primer beso y como día tras día empezó a enamorarse de su risa, de su mirada, de ella toda. Cerró los ojos y aspiró. 

Ella entró y emitió alguna especie de saludo ininteligible mientras ponía su mano sobre el hombro de él. Sólo bastó eso para que él recordara cada uno de los besos que depositó en cada uno de sus hombros, cómo recorrió su espalda y como al oído, le dijo que la amaba.

Se quitó los audífonos y escuchó su voz. La misma voz que un día le dijo que también lo amaba, la misma que un día cualquiera le dijo que era el fin. A su mente llegaron cada una de las palabras con las que intentó convencerla de que no se fuera. Las mil y un propuestas que se toparon con pared. 

Ella se sentó y lo vio con la cabeza ladeada. Le regaló una sonrisa y le preguntó si todo estaba bien.

Tosió para deshacer el nudo en su garganta y contestó:

-Todo bien jefa. ¿Cómo le va?

miércoles, 7 de septiembre de 2011

1+1=1

La caminata es corta pero empiezo a desesperarme. Llevo media día de trabajo y no he avanzado ni la mitad de lo que pensé. Los contratos no estarán a tiempo para enviarse hoy. Una cuadra, dos, tres y mis zapatos empiezan a molestarme. Seguramente ya tengo una ampolla en el pie. O dos. Oigo su voz y recuerdo que estoy acompañado. Sin mirarla, asiento a lo me dice. No debo ser grosero, acompañarme no es una molestia que alguien se tome muy a menudo.

Llegamos al restaurante. Lo que me faltaba: lista de espera. Tantas cosas en la cabeza arruinan la conversación. Tal vez si reviso las condiciones del primer acuerdo pueda entender el último contrato. Silencio incómodo. La solución está en el bolsillo. Cada uno con su respectiva blackberry y el momento se hace menos incómodo. Benditos aparatos, acortan las distancias y alejan la comunicación.

“Un momento por favor”. Ya llevo diez y contando. Al fin, una mesa, sillas y menú. Traiga lo que sea. No. Demasiado grosero. Finjo ver el menú con detenimiento y pido un paquete tres. Otro silencio. Cierto, somos dos. “Un paquete uno para ella”. Entre la toma de pedido y el arrivo de los alimentos, la siempre forzosa plática. Saco una historia de la chistera. Las tengo tan practicadas que no fallan. Podría recitarlas con los ojos cerrados y a solas.  Diez minutos y la comida no llega. ¿Diez minutos para una sopa?  Mientras espero, veo a través de la ventana como la gente camina, rie, compra y no se dan cuenta de que un absorto yo los observa. Si se dieran cuenta daría lo mismo. No les importo y ellos tampoco a mí.

Llega la comida. Insípida. Me dedico a masticar y rápidamente veo que en minutos trés platos se han esfumado mientras mi acompañante aún no termina con el primero. Sigo simulando seguir su plática. Creo que no traigo efectivo. Tendré que usar una tarjeta. ¿Cuál tiene el corte más lejano?. Atención, debo poner atención. Lo intento. No puedo: es la sexta vez que lleva su mano derecha hacia su hombre izquierdo y se acomoda su blusa. ¡Seis veces en 23 minutos! ¿Porqué diablos no se compran prendas de su talla? Quien no se está acomodando la blusa, se está subiendo el pantalón.  Tranquilo, respira; lo pienso mientras en mi cabeza hago del silencio mi verdadero compañero y yo de ella su comparsa.

Al fin llega el momento. Me pregunta pero no sobre sus ideas sino sobre mis tiempos de adolescencia. Siento el clic dentro de mí. La caja de Pandora abre un resquicio y las palabras empiezan a salir. Ocasionalmente ella regresa a la charla y me da cuerda como si fuera muñeco. Una idea tras otra se van hilando y con poco tacto me confiesa que hasta hace unos días fui un ser invisible a sus ojos. Meses sentada a metros de mí y no sabía ni de mi nombre ni de mi existencia. Siento un golpe en el pecho. Dentro, muy dentro. La caja se abre por completo. Siento la necesidad de hablar. Me decido a hacerlo no importando que ahora ella sea quien se convierte en la comparsa. Hablo tanto que pierdo la coherencia. Pierdo los puntos y  hasta la conversación. No importa. He decidido llegar a las lágrimas si es necesario. El ermitaño hosco en el que me he convertido empieza a ceder.

De repente me interrumpe. “Eres raro”. “¿Raro?”. “Diferente”. “¿Por ejemplo?”. “Siempre estás preocupado”. “¿En serio?”. “Siempre estás pensando en algo y pareces preocupado. Es la imagen que siempre tengo de ti”. “Eso me preocupa”. Ríe y casi tira su comida. “¿Perdón?”. “Te preocupa estar preocupado”.

Dice algo más pero en mi cabeza se repite la frase: “Te preocupa estar preocupado”. Volteo a la ventana y miro de nuevo a la gente pasar. Yo no les importo y ellos tampoco a mí: ahora tengo una nueva cosa en qué pensar