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viernes, 2 de enero de 2015

Paradoja del dolor

Lo que duele no es que duela sino que ya no duela.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Regate


Según la Wikipedia un regate es inducir un desequilibrio en el rival para eludirlo. Es decir, romper el equilibrio. Hacer lo inesperado. Todo con el fin de superar una situación desventajosa o de crear ventaja para intentar aprovecharla después. Es así como un portero hace un regate para quitarse a un delantero que le presiona (situación desventajosa) o un delantero que hace una "bicicleta" para dejar atrás un defensa (crear ventaja).

Considerando que cada quien conduce el balón de su vida es importantísimo saber regatear a la vida misma cuando ésta lo requiere. Mismos casos: para superar una situación de riesgo o para crearnos una situación mejor.

Por ejemplo, suponga usted que intenta terminar un encargo laboral, lleva días sin lograr avanzar y la fecha de entrega esta a la vuelta de la esquina. Situación apremiante. Aquí aplica hacerle al portero e intentar algo diferente: pedir ayuda, conseguir mas tiempo, investigar un tanto mas. La idea es regatear el problema. Sólo que hay que tener cuidado. Muchos porteros han visto entrar la bola en su portería después de quererle jugar al mago.

Lo anterior nos lleva a considerar algunos de los detalles finos del regate: la buena manufactura, el lugar y ante quién se hace. Si el quiebre se avisa desde antes o la pelota se queda enredada en los pies a media ejecución, si el amague se hace fuera de tiempo y lugar cuando ya no hace sentido y el superar al rival no crea ventaja alguna o si se intenta ante alguien mucho mas dúctil técnicamente hablando, la perdida del balón puede ser costosa. Pregúntenle a Higuita en el mundial del 90 o a mi padre acerca de la ultima vez que dijo irse de casa.

Así que le invito a hacer dos reflexiones. Si lo intentan amagar, espere, analice, vea. Puede que ni la manufactura, ni el lugar sean los adecuados y sólo acabe siendo rebasado porque es un rival harto fácil de burlar. No caiga a la primera provocación. Ahora bien si usted es una persona a la que le gusta regatear, tenga más cuidado. Por más ensayada que tenga la jugada y por más oportuno que sea el momento, puede que ya sea tan predecible que al final se quede sin espacio y sin balón. O peor aun: que por confiar tanto en su técnica lo intente cuando no tiene sentido ni razón. Al final de cuentas el trabajo, la familia o las relaciones amorosas son un juego de equipo y el regate es un acto egoísta en si mismo. Abusar de el no crea conjunto sino distancia.

Úselo bien. Úselo cuando toque. Y si va a lastimar a alguien, mejor no lo use. El lastimado puede acabar siendo usted.



miércoles, 23 de enero de 2013

Recuerdos


Antes que oír los tacones, antes de sentir su presencia en la espalda, incluso antes de verla en el reflejo del vidrio, reconoció su aroma. Impregnaba de su esencia toda la sala y de recuerdos la mente de él. Nunca había encontrado como definir su aroma pero cada vez era más único. Por su mente pasaban dos cosas: la voz de Dylan en la misma canción que había escuchado por dos semanas y la urgente necesidad de acercarse a su cuello para besarlo y llenarse de su olor. Le encantaba, le adoraba y ahora, cada vez más, lo odiaba.

Sintió como el piso resentía los pasos al compás de los tacones y recordó lo feliz que se sentía al verla venir hacia él en la oscuridad, la sensación de su cuerpo entre sus brazos, el corazón inflamado de tanto amor. Volvió a vivir su primer beso y como día tras día empezó a enamorarse de su risa, de su mirada, de ella toda. Cerró los ojos y aspiró. 

Ella entró y emitió alguna especie de saludo ininteligible mientras ponía su mano sobre el hombro de él. Sólo bastó eso para que él recordara cada uno de los besos que depositó en cada uno de sus hombros, cómo recorrió su espalda y como al oído, le dijo que la amaba.

Se quitó los audífonos y escuchó su voz. La misma voz que un día le dijo que también lo amaba, la misma que un día cualquiera le dijo que era el fin. A su mente llegaron cada una de las palabras con las que intentó convencerla de que no se fuera. Las mil y un propuestas que se toparon con pared. 

Ella se sentó y lo vio con la cabeza ladeada. Le regaló una sonrisa y le preguntó si todo estaba bien.

Tosió para deshacer el nudo en su garganta y contestó:

-Todo bien jefa. ¿Cómo le va?

domingo, 1 de noviembre de 2009

Dicen que los borrachos siempre dicen la verdad

Quién era ella, dónde fue, a qué hora y si hubo testigos es algo inverosímil a estas instancias de la situación. Baste mencionar que habíamos tomado en demasía y ella estaba frente a mi haciendo preguntas que sólo servían para agrandar las emociones y confusiones que en mí se forjaron desde algunos días atras.

Al final, acorralado y sabiendo que no había salida fácil opté por decir algo al vuelo:

- Me lastimas.

- Yo no te lastimo -espetó casi con indiferencia- Tú te lastimas sólo.

Me quedé callado.

Incapaz de articular palabra alguna un único pensamiento pasó por mi cabeza: el adagio es cierto, los borrachos siempre dicen la verdad.